La moto que arranca sonrisas

De la publicación MIRADAS

La moto que arranca sonrisas

Cuando Enrique Juro tuvo las llaves en su mano y arrancó la moto que había conseguido para su proyecto de desarrollo rural en la sierra andina de Perú, hace más de 10 años, empezó su lucha con una energía imparable. Ahora todavía arranca su radiante sonrisa cuando recuerda ese momento. Ahí supo que sus ideas de mejorar las condiciones de vida de una de las áreas más pobres y castigadas de Perú se hacían alcanzables.

Desde 1994 estuvo caminando kilómetros, yendo en burro, desplazándose como podía hacia las aldeas pequeñas de Grau, donde quería realizar los proyectos agrícolas, para que aquella zona, que al Gobierno no le interesaba nada, y que durante años se quedó sin líderes, ni hombres, ni cultura agrícola por la fuerte presencia de Sendero Luminoso, no se aislara por completo. Y fundó en 2001 con su amigo Edgar, ya fallecido, el centro de estudios para la promoción de desarrollo rural Ceproder, en el que han llegado a trabajar hasta 32 personas.

Encontró financiación en algunas instituciones y en la ONG Madre Coraje, y ahí se puso este ingeniero agrónomo a impartir capacitaciones, que son cursos de formación, a los habitantes de Grau. Les explicó cómo optimizar las plantaciones, cómo regar, cómo distribuir las casas para que en la cocina no haya animales vivos, o cómo separar las estancias para que los menores no duerman en la misma habitación que sus padres. Algo que ve necesario pero que en aquella zona no termina de aplicarse.

Es sensato, sereno, risueño y coherente. Estudia y analiza con detenimiento cómo se deben implementar los proyectos de desarrollo y reconoce la dificultad tremenda de trabajar en equipo. Tiene experiencia. Ha conseguido que Pataypampa, una zona de no más de 800 personas, se constituya en comunidad, se ha podido forestar más de un millón de plantones de pino, cercar la ganadería, instalar el riego por aspersión, o hacer una presa en la montaña.

Tiene claro un concepto: los proyectos de infraestructuras tienen que ser integrales. No le vale que el Gobierno haga cualquier obra, por ejemplo, de riego, y que se olvide de la población usuaria. No le vale. Explica con firmeza que cada proyecto tiene que ir acompañado por una formación para el beneficiario último, con un estudio de mantenimiento, con la implicación local. Ahí radica el éxito de sus proyectos. Ahí, y en no escatimar horas.

Tras tantos años, asegura que las áreas en las que se implantó Ceproder están muchísimo más avanzadas que otras de la zona, que la diferencia está en que ellos trabajan con líderes comunales, con herramientas para cultivar, motivados, conscientes. Donde se erradicó por completo la cultura ancestral, el manejo de las técnicas de cultivo, de crianza de animales y cualquier tipo de derechos, eso es un avance. Asevera que ahora los hombres beben menos alcohol y agreden “menos” a las mujeres y menores. Cuando tienen una ocupación se esmeran por sacar a la familia adelante, y lo más importante, pueden ofrecer educación.

Enrique, o Quique, tiene dos hijos, pero su familia es inmensa. Decenas de personas de todas las aldeítas de Grau preguntan por él a cada instante. Por su salud. Vuelca su vida en ellas por el cariño y el apoyo que le dan y que últimamente le han demostrado de forma permanente. Unos borrachos de la Fiscalía de Perú le atropellaron hace unos días, cuando él estaba parado junto a su apreciada moto. Con un choque frontal, lo tiraronal suelo, y pasaron el coche varias veces por encima de él. Enrique cree que su moto, que le cayó encima, le salvó de peores males. Dice que “solo” se partió la clavícula y tuvo otras cuantas contusiones. Pero que lo peor fue que la policía lo vio tumbado en el suelo y le ignoró. Cree que los agentes sabían que fueron los fiscales, amigos de ellos, los que le atropellaron. “Y no quieren líos”, narra escueto. Ahora ha denunciado a los defensores del ministerio público.

Fue un camionero quien le socorrió definitivamente. Ahora Quique valora el casco más que nunca. Antes sólo llevaba una gorra en la cabeza, pero ya no la llevará más cuando esté conduciendo su moto. Esa moto que le salvó y que arranca sonrisas.

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