Gaza 2015. Destellos entre interruptores sin luz

Gaza. 2015. Un pequeño con camiseta azul saludaba con la mano extendida y los ojos bien abiertos, sin hablar, en un centro de rehabilitación para menores gestionado por la Facultad de Ciencias Aplicadas (UCAS) de la Franja. “Después de la guerra recibimos más niños con problemas psicológicos, con dificultades de audición, tartamudeo… Aquí los ayudamos, aunque a veces es difícil que vengan porque no tienen suficiente dinero para el transporte”, contaba una especialista del servicio. ¿Cómo estará ahora si está? Adolescente, bajo nuevos ataques en esos 365 kilómetros cuadrados de asfixia. 

En un mínimo retrato de destellos de vida cotidiana en Gaza tras la ofensiva de 2014 aparecieron grupos de amigas y chavales saltando olas en la playa, tiendas de juguetes, flotadores y globos de colores. También había una de souvenirs. Exultantes jóvenes bailarines con una pasión inusitada por difundir sus danzas tradicionales. Y estudiantes, hombres y mujeres, con unas ansias tremendas de desarrollar aplicaciones de móviles en la Universidad. “Tenemos una app muy útil para que los extranjeros se comuniquen en árabe estándar moderno a través de imágenes y situaciones de la vida diaria”, mostraban. Había artistas que exhibían sus obras con motivos de pesca y horizontes de nuestro Mediterráneo. Gente bebiendo té y coches de norte a sur de la Franja y viceversa en la avenida Salahuddin, ya transitable limpia de escombros. 

Pero también quedaba una impactante imagen de interruptores que en su día dieron luz completamente derretidos en un edificio en el que sortear escombros y prestar atención para no caer por los abismos de las paredes sin ventanas. Y hospitales que parecían diáfanos, más por la falta de equipos y suministros que por su tamaño. Y funcionarios sin cobrar sus sueldos desde hacía meses, y ruinas demoledoras en las aceras. Y tierras regadas con agua más salada que dulce, y accesos cortados que complicaban el comercio. E infames trajines para poder salir por Rafah, solo abierto tres días cada tres meses. Y cámaras instaladas en los bordes de la frontera que vigilaban los movimientos con impunidad. Y una universitaria y madre que celebraba el final de sus estudios de Diseño de Interiores y se enfrentaba al reto de encontrar un empleo y criar a un bebé con futuro. Y el pequeño con camiseta azul que saludaba con la mano extendida y los ojos bien abiertos, sin hablar. 

Tan fácil destruir, tan difícil construir. 

Mayo 2021. 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close